Por qué viajar? Alfonso Pérez de Nanclares

“Viajar es una enfermedad…que te salva la vida”

Estos días circula por las redes uno de tantos vídeos virales que vemos últimamente. Es el vídeo sobre “El síndrome del eterno viajero”. Su ejecución, perfecta, y su guión, inmejorable. Desde aquí, mi más sincera enhorabuena. Trata de explicar, desde un punto de vista vivencial, en primera persona, esa necesidad que tienen un grupo cada vez más grande de personas de visitar, viajar y conocer cada lugar del mundo, de esa necesidad de no poder para quieto, de la agonía del no poder salir a un lugar diferente y porquenuevo, incluso esa llegada a un punto en el que no se disfruta del sitio en el que se está porque ya se quiere estar en otro sitio. En definitiva, la adicción a viajar.

Y la verdad que no puedo dar una opinión mala acerca de este cortometraje, ya que me he sentido ciertamente identificado en una gran parte de las reflexiones que realiza esta aventurera. Salvando las distancias, claro está (yo soy más rico, apuesto y juego mejor al fútbol). Describe a la perfección esa sensación que te embarga en los momentos y días previos al inicio de un nuevo viaje. Esas ganas tremendas de querer saber ya lo que te va a deparar el lugar al que vas, esas preguntas y visualizaciones de cómo será el nuevo destino, que cosas habrá que te sorprenderán. Ese sentimiento de agobio al pensar que no te va a dar tiempo a ver todo lo que quieres ver, hacer todo lo que quieres hacer.

Viajamos porque necesitamos cambiar de aires, hacer diferente cada día, eliminar lo cotidiano y dar un toque de sorpresa a nuestra vida. Lo monótono se hace aburrido, y lo aburrido no lo queremos cerca. Esa sensación de tener algo nuevo delante nuestro a cada paso que damos, y que nos hace estar alerta y atentos a todo. Muchos conoceréis lo que se ha venido a llamar “Zona de Confort

Pues bien, viajar a sitios significa salir de nuestra zona de confort, entrar en la zona de aprendizaje, aquello que no conocemos, ampliamos nuestra visión del mundo, tenemos nuevas sensaciones y modificamos los hábitos. Es la zona donde experimentamos, observamos y aprendemos. Pero conlleva unos riesgos. Y es por ello por lo que hay personas que tienen más facilidad para salir de su zona de confort y ampliarla a través de la experiencia y los conocimientos. Los viajeros y aventureros con adicción a viajar se encuentran en los primeros escalones de este grupo de personas. Y hay otro tipo de personas que tienen pánico a salir de su zona de confort por el miedo a lo desconocido. Estas personas tienden a quedarse siempre en sus lugares de origen, sin ninguna gana ni determinación de salir a conocer mundo. No nos confundamos, no considero en este aspecto viajar a hacer un viaje. Hacer un viaje puede ser ir todos los veranos a Benidorm (como la mayoría de los españoles), a ver edificios feos y a bañarse en una playa horrible, sucia y atestada de gente, y esto no es salir de la zona de confort puesto que es algo que hacemos periódicamente, de manera repetitiva, y ya conocemos al dedillo el lugar que estamos visitando. Viajar y salir de nuestra zona de confort es visitar lugares nuevos, desconocidos.

Viajamos para ser felices. Viajamos porque nos lo pide el cuerpo. Todo ser humano necesita de estímulos que le activen, que le liberen endorfinas, adrenalina, sensaciones fuertes, nuevas, estimulantes y alegres. Y no todo el mundo consigue liberar estas sensaciones de la misma forma. Habrá quien necesite saltar desde una avioneta a 4.000 y habrá quien necesite coser de una forma diferente un suéter de punto. Hay gente que disfruta leyendo libros e incluso habrá gente que necesitará fumar un chistu (aunque la gran mayoría de los que lo hacen ya lo tienen bien metido en su zona de confort, ahí, a fuego) Por eso hay personas que necesitan viajar más que otras. Pero también…

Viajar es adictivo, engancha. ¡Y de qué forma! Sabemos que esa liberación de estímulos produce tolerancia. Esto quiere decir, que para sentir lo mismo con esa liberación de adrenalina que la primera vez cuando saltamos a la comba necesitaremos algo más intenso, más arriesgado. Y cuando vamos conociendo diferente lugares, tenemos el interés, la necesidad de ir conociendo más y más lugares de una forma más rápida. Nuestras ganas aumentan. Vemos países Francia y queremos ir a Polonia. Vemos Polonia y queremos salir de Europa. Vemos Marruecos y queremos ir más hacia el sur. Conocer, conocer, conocer. Vivir. Vaya si engancha.

 Viajamos por curiosidad. El ser humano es curioso por naturaleza, y existen tantas y tantas cosas diferentes en cada parte del mundo, que nunca dejaremos de sorprendernos. Para algunos comerse un crujiente grillo bañado en chocolate es tan normal como para nosotros comernos un caracolillo. Hay en sitios donde amamantar a un chimpancé adquiere casi la misma importancia que amamantar a tu hijo/a, siempre y cuando se le quiera al chimpancé. Pero que os diré, si marear a un toro en un círculo de arena para después cárgaselo es normal en nuestro entorno. Las culturas y tradiciones son tan numerosas como estrellas hay en el firmamento, y nosotros queremos conocerlas todas ¡Qué curiosa es la curiosidad! Y como somos curiosos…

Viajamos por la mera consignación de confirmar que lo que nos contaron es real. Queremos ver si el Machu Picchu impresiona tanto, si las fiestas de la luna llena son tan desbocadas como se lee por ahí, si el valle de la muerte tiene tanto de muerte como de valle. Queremos saber si en China la tienen tan pequeña como dicen, o si en Rusia muerden mesas y se sientan en bocadillos de panceta. Queremos ver aquello que nos contaron, vivirlo en nuestras carnes, verlo con nuestros ojos. Ver si esa foto reflejaba la belleza de aquel lugar o se quedaba corta.

¡Qué cojones! Viajamos porque es lo más bonito que existe. Pero no todo es alegría en la viña del señor. No sé si os pasará, pero a mí me ocurre algo muy curioso en los momentos previos a un viaje. Es una mezcolanza de sensaciones que me embriagan, me aturden, me sorprenden y engañan. No me quiero ir. Es esa parte de mí que se pega como una lapa a la zona de confort y no quiere salir. Le da miedo. Sabes que tu verdadera intención es salir, tienes ganas, pero no sabes porque sientes eso. Prefieres la comodidad del sofá de casa. Somos animales de costumbres. Pero no es difícil sobrepasar ese punto, autoengañar a esa parte de ti y decirla: chaval! A mí no me times, que yo me las piro. Y en el preciso momento en el que inicias el viaje, en el que te subes al avión o incluso al bus que te lleva al aeropuerto, ese intento diabólico de dejarte en casa, desaparece, como por arte de magia.

 Viajamos porque al rememorar momentos pasados de viajes ya casi olvidados, nos sentimos alegres, felices. Si bien estos recuerdos son difusos y se mezclan unos con otros, siempre recordamos nuestras aventuras como algo bueno, divertido, pese a que no siempre sean así. Yo, que queréis que os diga, quiero que el fin el mundo me pille viajando. Y pienso que solo puede salir algo más bonito del hecho de viajar: viajar y el amor.

Dicen que cualquier afición llevada al extremo se convierte en adicción, y que cualquier adicción es mala, sea cual sea. Los españolitos con nuestras respuestas tan agudas contestamos: de algo hay que morir. Pues señores, yo no me quiero morir, pero si he de morir de algo, quiero morir de viajar.

Exprime la vida, y viaja mucho

 

2 pensamientos en “Por qué viajar? Alfonso Pérez de Nanclares

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