Por qué viajamos?

 

Hay muchas razones para partir. El viaje nos fuerza a salir de la zona de confort, a desafiar nuestros límites y enfrentar esa delgada línea fatalmente atractiva entre lo conocido y desconocido. En el fondo, la vida misma. A veces partimos cansados de lo que nos rodea, esperando encontrar lo que buscamos en ese lugar desconocido, en esa cultura ajena a la nuestra. A todos nos fascina la idea del viaje. ¿A quién no? El tema es atreverse.porque viajamos

El poeta John Berryman alguna vez escribió: “Debemos viajar en la dirección de nuestro miedo”. Y eso hicieron por siglos los viajeros y exploradores, que corrían el riesgo de morir devorados por criaturas salvajes, enfermedades o caer de una montaña, buscando llenar los vacíos en los mapas y señalar nuevas tierras. Ahora viajamos para llenar esos vacíos que existen en nuestro propio mapa interior.

Pero hay algo que aparece sin previo aviso. Ese ímpetu descontrolado de descubrir cosas nuevas y arrojarse a lo desconocido, sea como sea. Y si ese mundo sin conocer es bueno o malo, ¡que importa! Una vez que ese impulso se manifiesta, ya estamos en un punto sin retorno. Un libro, una foto, una canción, una película, una persona, una historia, los maravillosos mapas… todo es posible para animarse a partir.

Ser quienes somos. Conocernos a nosotros mismos. Es lo que nos lleva a irnos a veces tan lejos y en repetidas ocasiones.

Creemos que si nos encontramos en otro ambiente, otro sistema, podremos adoptar finalmente la forma que nos acomoda y ser libres. Pero después de un tiempo todo comienza a hacerse cotidiano otra vez, aunque nos encontremos a diez mil kilómetros de distancia. Y ahí es cuando nos damos cuenta de que no importa la forma del envase que nos contiene, ya que adoptaremos siempre la misma forma en su interior.

Ser quienes somos. Conocernos a nosotros mismos. Es lo que nos lleva a irnos a veces tan lejos y en repetidas ocasiones, porque el viaje nos da la sensación de estar viviendo las cosas por primera vez. Ver las cosas en su esencia, como niños. Sentimos que tenemos una nueva oportunidad de ser nosotros mismos. De comenzar de cero. De ser.

Pero volvemos. ¿Y por qué lo hacemos? Porque ese lugar que dejamos nos comienza a generar la misma curiosidad que nos provoca el resto de mundo. Pensamos que es diferente, que las cosas han cambiado. Todo cuanto nos rodeaba lo sentimos a la distancia extraño, desconocido, incluso atractivo. Regresamos y, de alguna manera irracional y sin sentido alguno, tratamos de entrar en ese mundo del cual no nos sentíamos parte. Una locura.

Quizás mis padres, quienes fomentaron el descubrir y viajar, nunca pensaron que llegaría a tales extremos. En la adolescencia pensaban que pararía cuando fuera adulta. Ahora que lo soy, pensaron que cesaría al tener mi casa. Ahora existe la esperanza de que los hijos curen esa fiebre, y si no es así serán las incapacidades físicas de la vejez las que hagan ese trabajo. Sin embargo, nada ha funcionado y probablemente continúe así en el futuro. No hay cura. Es un estado mental. Aquí o allá, qué mas da.

Texto de: Javiera Martinez
MOLËCULA