Así me enamoré del desierto del Sáhara

Amanecer_Gran_Duna

Existen lugares inspiradores, cálidos; sitios en los que sientes un deseo irrefrenable de quedarte para siempre y otros a los que no volverías; ciudades que te atrapan y otras que te rechazan, pero hay una clase de lugares únicos: aquellos que te cambian para siempre.
Te van seduciendo poco a poco, sin que apenas te des cuenta. Y siempre ocurre por casualidad. Uno sigue caminando, absorbiendo los aromas, los sabores, intenta pasar desapercibido, sin ser consciente de que es un esfuerzo en vano. Sin permiso, de puntillas, van conquistando el alma. Uno lo niega e intenta aferrarse a una realidad, que en esos momentos ya se encuentra distorsionada. De repente una palabra, un gesto o una mirada ilumina un pensamiento hasta entonces gris y etéreo.
Por mucho que intenté resistirme, así fue cómo me enamoré del desierto del Sáhara. Todo sucedió un día de agosto, poco a poco, de la misma forma en la que suceden las cosas importantes de la vida.
Había sido un día duro, en el que él y yo tanteamos nuestras intenciones. Él dio el primer paso: me regaló un maravilloso atardecer, recorriendo las dunas encima de un camello, con el único amparo de una gran luna llena y unos compañeros de viaje únicos.
Yo intenté resistirme, pero me invadió una tristeza que hasta entonces desconocía. Así que, ingenua de mí, me dejé llevar, pensando que no sería capaz de ir más allá, sin ser consciente de que su atrevimiento no conoce límites. El desierto aprovechó mi debilidad para desplegar sus mejores armas y seducirme con un silencio ensordecedor, el tacto de su fina arena y un horizonte infinito. En ese momento los miedos me abandonaron y me embargó la magia de una increíble luna llena.
Convencida de la importancia de este momento, no dudé ni un segundo cuando me propusieron subir de madrugada y dormir en la Gran Duna. Ahora o nunca. Jamás olvidaré la sensación de descalzarme y pisar una arena fría y cálida al mismo tiempo. Ni tampoco el momento en el que cerré los ojos y me dormí bajo el abrigo de una increíble noche estrellada. Ni mucho menos cuando me desperté, todavía de noche, con la luna escondiéndose a mis espaldas y el sol apareciendo tímidamente ante mis ojos.

 Me rendí. Ya no pude hacer nada más que sentarme y disfrutar de un amanecer inolvidable.

[Autora: Almudena Castro]